Preludio a Manuel Juárez

Prelude to Manuel Juárez

Por: Martín Liut

Un estudio preliminar sobre las obras sinfónicas, de cámara, para instrumento solo

Una revisión de los títulos elegidos para las crónicas y obituarios dedicados a recordar la figura de Manolo Juárez, fallecido el 25 de julio de 2020, permiten constatar la dificultad para encontrar una síntesis que pueda dar cuenta de una prolífica vida artística y profesional adentro de la música argentina a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado hasta llegar a estas dos primeras décadas del Siglo XXI.  Los textos en cambio si fueron desplegando sus múltiples áreas de acción: pianista, compositor anfibio en los ámbitos del folklore de proyección y la música de sinfónica y de cámara, docente de generaciones de músicos relevantes en géneros diversos, impulsor de instituciones educativas pioneras como la Escuela de Música popular de Avellaneda, activo participante y creador de espacios colectivos en defensa de músicas y músicos nacionales. 

Todas estas prácticas coexistieron en un artista que, parafraseando a Borges, antes que compositor fue un oyente y un analista musical apasionado. Se supo que Manolo Juárez se fue de este mundo escuchando música de Chopin. Según sus propios dichos, los de sus amigos y estudiantes y hasta quien esto escribe,  una cartografía musical seguramente incompleta de sus afinidades electivas incluyó a los compositores canónicos de la música europea -desde el barroco al siglo XX-, pasando por el jazz. Ambas tradiciones conformaron una polifonía permanente con el folklore y el tango argentinos. No era un universo ilimitado: la cumbia y el rock no formaron parte de sus preferencias y mas bien fueron objeto de sus célebres y ácidos comentarios irónicos. 

Cuando Juárez pasaba de la escucha a la práctica, este mapa se organizó con una frontera propia del espíritu modernista del siglo pasado, y que en la Argentina tuvo un peso insoslayable:  la que separaba lo popular de lo académico. Como su par generacional y amigo Gerardo Gandini, sostenía que se trataba, sobre todo en el ámbito de la composición, de modos de creación diferenciados, aunque incluso como pianista e intérprete, fuera capaz de recorrer alternadamente ambos territorios. 

Esta separación tuvo un correlato en el modo en que Juárez le puso firma a sus propias composiciones. Si para su vida cotidiana, la docencia, las actividades colectivas y la praxis en la  música popular, Juárez fue conocido y llamado por todos como  “Manolo”, para la composición de músicas sinfónica y de cámara —como prefería denominar a la que se conoce como “clásica”, “académica” o “contemporánea”—,  Juárez siempre fue «Manuel».

Sin llegar a ser un heterónimo, al estilo de un Fernando Pessoa, o un alter ego artístico, este pequeño juego de distinción entre nombre y apodo, tan propio de su sentido del humor, funcionó entonces como indicador  de qué parte de su cartografía musical nos estaba invitando a recorrer.

En términos cronológico-musicales, Manuel precedió a Manolo, ya que, como veremos, su formación musical ocurrió en el campo académico. Manuel Juárez produjo un corpus que, en este estudio preliminar a partir de la información digitalizada de su archivo, consiste en más de treinta obras, escritas  para piano, instrumentos solos,  diversos grupos de cámara y sinfónicos. 

Se trata de una producción acotada pero significativa.  Es acotada como una consecuencia lógica de la diversidad de intereses que le mantuvieron ocupado durante buena parte de su vida: aquí queda por delante un estudio en el que se pueda constatar en qué momentos Manolo tuvo mas protagonismo que Manuel y viceversa. En cualquier caso pareciera ser que, más allá de la alternancia, el balance es el de una distribución equitativa en el corpus aportado tanto al folklore como a la música académica argentinas. 

A su vez, debemos recordar que el Juárez compositor, más allá de los ámbitos, quedó en segundo plano cada vez que generosa y fraternalmente ocupó su tiempo en dar clases, organizar asociaciones, participar en concursos, diseñar planes de estudios, sostuvo espacios en instituciones como Sadaic o el Fondo Nacional de las Artes. 

En lo que hace a su producción en el campo de composición de  tradición académica su estudio sistemático se va a ver enormemente facilitado gracias al archivo con sus partituras, documentos, programas de conciertos y grabaciones que su hija Mora comenzó a ordenar en vida con su papá, en un proceso que aún en medio de la pandemia de Covid 19, no se ha detenido.

En este contexto, aquí esbozamos entonces un estudio preliminar, un preludio a futuros trabajos de investigación que permitan conocer con mayor detalle y profundidad la obra de Manuel Juárez, esa faceta de la vida Manolo Juárez que se conoce pero, tal vez, de un modo mas fragmentario.  Revisaremos primero la trama que forjaron sus maestros y la escena musical argentina de mediados del pasado siglo. Tomando como base la lista de obras ya catalogadas, haremos una aproximación panorámica a esta corpus a partir de una excursión por los títulos que eligió para ellas. Y a modo de primer cierre haremos focos en tres obras orquestales.

 

Una formación cosmopolita y una escena musical modernista

Cuando se trata de compositores académicos, es usual que en los programas de concierto las biografías se inicien dando cuenta de lo que podríamos llamar un linaje, la saga de profesores y maestros con los que se produjo el aprendizaje de teorías y prácticas de la música. 

Considero que vale la pena pasar por encima de una mera lista de nombres y analizarla trama que estos maestros configuraron en la escena musical de los ‘50 en la Argentina y que fueron cruciales en la formación artística de Manuel (y, también de Manolo) Juárez.

Habiendo nacido en Córdoba en 1937 pero radicado tempranamente en el barrio de La paternal en Buenos Aires, Manuel Juárez fue  parte de una generación que tuvo la posibilidad de contar con una formación musical académica que podríamos calificar de cosmopolita e internacionalista.

Juárez nació en los últimos años de la “era de las catástrofes”  según la periodización del siglo XX realizada por historiador Eric Hobsbawm. Esa etapa se había  iniciado con la Gran Guerra de 1914-1918, continuado con el crack global económico del 29, el ascenso del nazismo en Alemania, el fascismo en Italia y el franquismo en Español durante la década de 1930  y tuvo como  clímax  y luego cierre, a la Segunda Guerra Mundial (1938-1945). 

En ese contexto, la masiva emigración económica europea de entre siglos había derivado en el exilio  por la persecución racial, religiosa y política de los regímenes autoritarios.  La migración incluyó a numerosos músicos de diversos países del Viejo Continente que se radicaron en toda América, incluyendo como un destino importante a nuestro país.

Durante las décadas de 1940 y 1950 la música “académica” porteña  configuró una red  cosmopolita de intérpretes, compositores y pedagogos con los que era posible formarse en espacios diversos, además de las ya consolidados conservatorios. 

Fue así que Manuel pudo tomar clases con el pianista y pedagogo, Ruwin Erlich (1901-1969), el compositor Honorio Siccardi (1897-1963) y el compositor y pedagogo Guillermo Graetzer (1914-1993). 

Honorio Siccardi nació sobre el final del siglo XIX en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Se formó con la plana mayor de los compositores del nacionalismo musical argentino para luego completar sus estudios en la Italia de sus padres, en el Conservatorio de Parma. 

Siccardi compartió con sus pares generacionales la experiencia del Grupo Renovación, activo entre 1929 y 1944. Estos jóvenes compositores del GR, según Omar Corrado “abrirían el espacio de la modernidad en la música argentina del siglo XX”. 

Por su parte, Graetzer había estudiado en Berlín con Paul Hindemith y en Viena con Paul Pisk (un discípulo de Schönberg) y había emigrado en 1939 huyendo del nazismo. Graetzer fue un influyente pedagogo que realizó una versión para la región del Metodo Orff, y que en 1946 creó sobre esa base el Collegium Musicum de Buenos Aires.

Para comprender en términos estéticos la información recibida por Juárez de estos maestros, vale primero recordar entonces el perfil del Grupo Renovación y Siccardi. Este grupo fue uno de los impulsores locales del neoclasicismo, corriente estética con epicentro en París que tuvo un papel destacado en la  música académica argentina a partir de la tercera década del siglo pasado. Este grupo puso en tensión y disputó la hegemonía de  la corriente nacionalista, desde una perspectiva modernista. La Segunda Escuela de Viena tuvo en nuestro país un impulso más tardío. Fue a través de Juan Carlos Paz, quien primero había sido miembro fundador del Grupo Renovación y luego se alejó para apostar fuertemente a la música serialista vienesa desde la Agrupación Nueva Música hasta mediados de la década de 1950.

Las obras de tempranas y juventud de Manuel Juárez , a partir de mediados de la década de 1950, se encuentran en un contexto de declive de la corriente nacionalista en la Argentina, ya que su más promisorio exponente, Alberto Ginastera se hallaba él mismo en tránsito hacia una línea primero americanista y luego cosmopolita.  El neoclasicismo de hecho había terminó influyendo, a través de la recepción de las obras de Bartok y Stravinsky no solo a los modernistas, sino a las últimas generaciones del nacionalismo musical como Ginastera. 

Las primera piezas para piano de Manuel Juárez dan cuenta de esta afiliación neoclásica: Toccata de 1955, Preludio y fuga de 1956, Pequeña Suite de 1958, todas  nos recuerdan el “retour a Bach” y un revival del barroco como una práctica habitual que se había instalado desde el Grupo Renovación en 1930 y se continuaba en los 50.

Sobre este escenario, hay que retomo brevemente el complejo derrotero que en el marco de la Guerra Fría  influyó de modo notable en el devenir estético de los compositores en todo el continente americano.  En los EEUU compositores como Igor Stravinsky y Aaron Copland habían terminado adoptando el método de composición dodecafónico, ideado Arnold Schönberg. En parte esto se debió a que funcionó como un refugio, en su abstracción,  de los avatares políticos. También como signo de modernidad técnica, ya que se fomentada en el mundo occidental y cuestionaba en el bloque soviético. Así el panamericanismo musical “académico” se vería teñido fuertemente por una línea estética autónoma internacionalista, diferenciada de los localismos propios de las anteriores corrientes nacionalistas de la primera mitad del siglo XX. 

Esto se acrecentaría a lo largo  de la década de 1960. Aunque en Europa y EE.UU. los impulsos vanguardistas seguían corriendo las fronteras de la música,  el dodecafonismo funcionaría como un signo de modernidad cosmopolita, incluida la escena musical argentina.

El Nacionalismo musical del campo de la música “académica” argentina, terminó cerrando su ciclo hegemónico justo  en la misma década en la que se produjo el “boom del folklore” .  Así,  el folklore fue reconocido por derecho propio a través de un mapa federal de prácticas registradas en discos, con espacios en la radio, la televisión el cine y con el Festival de Cosquín como “capital nacional” descentrada de Buenos Aires. Por su parte los músicos “académicos” se separaban expresamente y hasta final del siglo XX de todo vínculo con la música popular en general, pero sobre todo respecto del folklore y el tango en particular al que vieron como signo de atraso estético.  La figura de Ginastera jugó en esos años un papel central.  Como creador del Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, (CLAEM) en el Instituto Di Tella, con su proyección internacional y el aura que había generado la censura de su ópera Bomarzo  fue una referencia fuerte que habilitaba a un uso ecléctico de las técnicas de composición disponibles en esa época. 

Así es como se entiende en parte que a la “caja de herramientas” para la composición empleadas por Manuel Juárez en sus obras de los 60 haya  sumado la técnica dodecafónica y el uso de la aleatoriedad, por ejemplo en su fundamental  obra sinfónica Maremagnum, de 1974, sobre la que  volveré un poco más adelante.

Mientras el boom del folklore posibilita el surgimiento de una corriente de proyección folklórica a la que muy pronto se sumaría Manolo Juárez, la escena musical internacional y nacional de la que comenzó a llamarse “Música contemporánea” profundizaba su giro hacia la abstracción y la distinción de fronteras con el campo popular.  Esto es clave para comprender como no solo Juárez sino muchos colegas generacionales mantuvieron en los siguientes años una postura  de fronteras cerradas entre lo popular y lo académico. 

Es aquí donde una primera aproximación panorámica al catálogo completo de  Manuel Juárez, nos va a permitir constatar que esta postura se modificaría, al menos parcialmente en la década de 1990. En esa década ante una escena mundial nuevamente mas permeable a las influencias y cruces,  abrió espacio al re-encuentro entres estos dos mundos que, al fin de cuentas,  habitaban en un mismo Juárez.

 

Una aproximación panorámica al catálogo de obras sinfónicas, de cámara y para diversos instrumentos solos de Manuel Juárez

TítuloAñoOrgánico
Sinfónica
Elegía1969Orquesta
Maremagnum1974Orquesta
Aire Popular Nº 11994Orquesta de cuerdas
Movimiento1995Orquesta de cuerdas
Cámara
Dos piezas para trío1959
Desplazamientos19673 trompetas, 3 trombones, piano y percusión
Cinco canciones1967Mezzo y conjunto de cámara
Condensaciones1971Bandoneón y conjunto de cámara
Condensaciones II1972
Soledades1978Flauta, clarinete, violín, violoncello
Tres piezas para quinteto1982Quinteto
Collage Nerudiano1985Contralto y piano
Nerudianas1986Voz e instrumentos
Nerudianas II1987Voz y guitarra
Escorpio2005Cuarteto de cuerdas
Reducción cuarteto de cuerdas
Cuarteto
Pieza para cuarteto
Instrumento solo
Tres piezas para flauta1969Flauta
For Gab1972Flauta y electrónica
Dos por Do1985Flauta
Shakar…¿era? (Aire popular N.º 2)1993Marimba
Aire Popular N” 31993?Marimba
Sagitario1993Violín
PianoX
Tríptico para piano1955
Toccata1955-56
Preludio y fuga1956
Preludio1957
Pequeña suite1958
Alturas1981Dos pianos
De los tonos enteros1981Dos pianos
Resonancias1981Dos pianos
Mutaciones1989
Tango N.º 1 (estilo popular)
Tauro2003
Tres reflexiones sobre el Tristán2009
Dos piezas para dos pianos
Otras
Laurel Peregrino

 

El listado que presentamos aquí hay que tomarlo como una primera foto del trabajo de ordenamiento, catalogación y digitalización de un archivo en curso  Estamos hablando en principio de un grupo de treinta y cinco obras sinfónicas, de cámara y para instrumentos solos.  

Mientras que la historia de Juárez como músico popular puede recorrerse a través de sus discos en estudio, grabaciones en vivo y registros audiovisuales, la obra “académica” tiene como primera puerta de entrada a las partituras. 

Algunas de sus obras tienen ediciones comerciales, (en general las de orquesta porque las casas editoriales se ocupan de alquilar la partitura general y las  partichelas), otras solo están en el archivo personal del autor. En sintonía con el devenir tecnológico asociado a la música, comienzan con partituras manuscritas, con una caligrafía sumamente prolija y diáfana y finalizan con ediciones digitales. Muchas de las obras cuentan con grabaciones en vivo no comerciales aunque también hay algunas que cuentan con ediciones discográficas. Es el caso de las obras que forman parte del Panorama Argentino de la Música, esa quijotada  panorámica elaborada por el Sello IRCO de Ivan Cosentino, junto la obra que se sumó al proyecto “Linea Adicional” y las que tocó el Quinteto CEAMC. 

Un análisis panorámico de los títulos del listado de obras dan cuenta de una preferencia por elegir nombres que  dirigidos “hacia adentro” de la propia música, esto es, a reivindicar su carácter autónomo. 

Por ejempo usa el criterios de limitarse a la descripción del orgánico y cantidad de partes de una obra,  en las  Tres piezas para quinteto, las Dos piezas para trio, o las Tres piezas para piano,  Tres piezas para flauta, Pequeña Suite, Cuarteto, etc. 

Otros títulos hacen referencia a géneros y/o técnicas de composición: Elegía, Pequeña Suite, Preludio y Fuga, Toccata. En estos casos, como ya señalamos, los títulos dan cuenta  de su  inscripción en la corriente neoclásica argentina que tomó de primera mano de sus maestros. Hay títulos de piezas que remiten directamente a parámetros de la música  como los casos de Alturas y  De los tonos enteros, para dos pianos. El paralelismo de este tipo de títulos formalistas, técnicos y/o descriptivos genéricos con su conocida Chacarera sin segunda, tiende un primer puente con el Juárez popular.

Podemos agrupar a otra serie de obras en aquellas cuyo título es de una sola palabra y que pueden comprenderse generalmente en dobles o triples acepciones. Pueden ser ideas poéticas, tanto como metáforas y/o analogías de los procesos formales que ocurren en dichas obras. Así, Elegía y Maremagnum, Mutaciones, Condensaciones o Resonancias aportan una “clave interpretativa” para el espectador que siguen rondando al propio ámbito de lo puramente musical.

Hay unos pocas obras, pero significativas, en las que Manuel pareció abrirle la puerta a Manolo para que esos mundos académico y popular que lo habitaron se encuentren por un rato. Son los casos de los “Aires populares” 1, 2 y 3, todos compuestos a comienzos de la década de 1990. En tono risueño, ese Aire popular 2, para marimba tiene como título principal: Shakar ¿era?. También hay un Tango N.º 1 (en estilo popular) una ventana a una música que Manolo escuchó y amó aunque como intérprete casi no abordó. Fue producto de un proyecto en el que se reunieron afectos y afinidades electivas: Haydée Schvartz con su Tango Collection, en la que participaron los integrantes del colectivo Línea adicional (Mariano Etkin, Cecilia Villanueva, Erik Oña, Gabriel Valverde y Juárez).

La mayoría de su  producción académica es de tipo instrumental, encontrando así otro punto en común con su obra popular. En el ámbito de la proyección folklórica predominó lo instrumental incluso de las versiones de temas célebres del cancionero, más que aquellas en las que incluyó a la voz.  En esta zona de la producción creativa académica  nos encontramos con las Cinco Canciones, y una saga de tres obras sobre la poesía de Neruda. 

Hay, además, una posible saga “zodiacal” que podríamos pensar como indicaciones de índole privada con posibles dedicatorias vinculadas a sus signos de nacimiento. Vinculado a la cuestión de la dedicatoria, en este catálogo luce solitaria For Gab, pieza para flauta y electrónica dedicada a Gabriel Sorin, titulada así, en inglés al estilo jazzero y que remite a otras piezas con tituladsa con nombre y apellido pero de su parte popular como la dedicada a Daniel Homer. 

Se podrían también reorganizar algunas de estas obras si tomáramos otro tipo de conceptualización. Por ejemplo a partir de la idea de intertextualidad que es explicita en las Tres reflexiones sobre el Tristán, para piano, podría aplicar a las obras que remiten a géneros musicales del barroco o la música popular, en el contexto de una música “académica-contemporánea”. También estudiar aquellas obras que tienen dedicatarios específicos del género memorial y que incluyen notablemente a su padre, su madre y a su maestro de composición Honorio Siccardi.

Para cerrar esta aproximación, constatamos la fuerte preponderancia de una idea de la música autónoma, formalista, desde la elección de los títulos de estas obras “académicas” y la aparición de algunos vasos comunicantes con su  producción popular.

 

Primeros apuntes: sobre el repertorio sinfónico

Trazado este panorama general pasamos aquí a realizar algunas primeras consideraciones sobre tres obras del repertorio sinfónico de Manuel  Juárez como para observar “más de cerca” estos primeros aspectos señalados en el apartado anterior.

Como es práctica habitual en los conciertos sinfónicos, suele haber un programa de mano en el que es posible encontrar escritos breves sobre las obras a ser interpretadas, muchas veces escritos por sus propios autores. Por lo que pudimos indagar en esta primera incursión en el archivo de Manuel Juárez, el propio compositor se ocupó de escribir los textos que acompañaron los estrenos de sus obras. 

Encontramos un enfoque descriptivo de tipo formalista en estos textos dirigidos al público, que se continúa con lo observado respecto de los títulos de las obras. 

Siguiendo el orden cronológico comentaremos brevemente aquí Elegía (1969) y Maremagnum (1974) ambas para gran orquesta y el Aire Popular Nº 1 (1994) para orquesta de cuerdas.

Elegía fue estrenada el 10 de noviembre de 1969 por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Bruno D’Astoli. Fue en el marco de un concierto organizado con la Asociación de Jóvenes Compositores de la Argentina de la que Juárez formaba parte desde 1957.  Para su primera obra sinfónica Juárez decidió homenajear a su maestro Honorio Siccardi, fallecido en 1963.  Lo hizo a través de una Elegía, poema lírico de lamentación con una larga historia de obras musicales que adoptaron el término para la realización de homenajes.  La fórmula de la elegía, le permite realizar una articulación dialéctica con la utilización de la técnica dodecafónica. 

Como ocurría en muchos compositores de esa época, el dodecafonismo funcionaba como un recurso técnico para controlar la organización interválica en un espacio no-tonal, tanto a nivel horizontal como vertical. 

Según la nota del programa del concierto: “Lejos de la rigurosidad ortodoxa que podían llegar a determinar de los enunciados básicos de este procedimiento, Juárez utiliza el material de manera libre, tratando a esta serie como a un leiv motiv que transcurre dentro de un contexto que está emparentado con armonías y recursos tímbricos que son afines a una estética neoclásica”.

Efectivamente la orquestación remite a la estética aprendida de Siccardi y otros maestros de la corriente neoclásica, dejando a la escritura dodecafónica como un andamiaje para una red interválica no-tonal pero no por ello extremadamente disonante. El tono predominante es el de un gravitas sostenido en tempo predominantemente lento y parsimonioso y con una escritura orquestal refinada.

Para su segunda obra orquestal, en cambio, Juárez se propuso probar y probarse en una dinámica y un talante muy diferente. Maremagnum es una exploración potente y ambiciosa de la paleta de recursos que ofrece una orquesta sinfónica. Si bien el tempo lento también predomina aquí, hay varios tuttis orquestales muy potentes, exploraciones en los registros extremos, combinaciones de momentos entre pequeños grupos y usos intensivos y diferenciales de las diferentes familias orquestales. 

Manuel Juárez dejó junto a la partitura general un mapa que muestra claramente la estrategia formal de la obra, organizada como una sucesión de Tema y variaciones, pero articulada con el devenir de la orquestación y distribución de los clímax de la pieza: 

 

Si la definición de Maremagnum es la de «abundancia, grandeza, confusión; muchedumbre confusa de personas o cosa», este esquema permite constatar que para lograr ese efecto musical, Juárez pensó mucho y cuidadosamente el devenir temporal. En este plano (en el que se pueden observar algunas pocas escrituras sucesivas), muestra en forma sintética una obra que, en verdad, no tiene una segmentación tan sencilla. Las secciones se suceden a veces por corte, otras en forma imbricada y  las curvas de tensión están lejos de ser lineales. 

Según el programa de mano, Maremagnum tiene su epicentro en el segundo de los tres climax de la obra (que en el mapa formal muestra junto con el cambio de tempo) “en el que hay una recurrencia de elementos tradicionales y aleatorios”. 

La organización de alturas nuevamente se basa en el método ideado por Schönberg, pero con la particularidad de utilizar una serie de 11 alturas en lugar de las 12 prescriptas. A diferencia de la serie elegida para la Elegía, la de Maremagnum pone énfasis en intervalos sumamente disonantes, a los que, además despliega tanto horizontal como verticalmente de un modo tal que la tensión armónica se agudiza notablemente. A modo de ejemplo se ve aquí el detalle del grupo de flautas y oboes en los compases 8  y 9, donde el  flautín tiene un doble salto ascendente de séptima mayor.

Maremagnum empieza con un unísono sobre La, que va cambiando de “color” por la sucesión de instrumentos que van tocando esa nota. La presencia de una campana sobre esa misma nota habilita a un crescendo que se abre para desplegar un universo de alturas no tonal, cargado de intervalos disonantes y tensión que acumula en el primer Tutti.

En la elección de esta red de alturas nos encontramos con la mayor distancia entre Juárez compositor académico y el Juarez que, para la década de 1970 había iniciado su periplo por la proyección folklórica. Sin embargo, la forma en que despliega las voces internas de la orquesta la orquestación, y en el uso de la percusión, creemos que hay mas puntos de contacto entre uno y otro campo de lo que la rispidez y chocante armonía no-tonal permite apreciar en una primera audición.

La tensión armónica, la intensidad dinámica y la violencia de los clímax campean en esta obra que, tal vez, habría que estudiarla con mayor profundidad en un contexto social y político en los que estas energías volcadas hacia lo musical parecen ser también un reflexión sobre la época.

En cualquier caso, se trata de una obra lograda, en la que Manuel Juárez muestra toda su capacidad como compositor sinfónico. Este reconocimiento se constata más allá incluso de las  distinciones y premios que obtuvo (Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires a la mejor obra del año para orquesta sinfónica en 1975 y Primer premio en la categoría Sinfónica en el concurso de composición extraordinario del Fondo Nacional de las Artes en 1976). A diferencia de lo que suele pasar en el mundo de las orquestas sinfónicas, Maremagnum fue interpretada cuatro oportunidades, con directores diferentes el mexicano Carlos Chavez, Juan Carlos Zorzi y Pedro Ignacio Calderón, tanto por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires como la Sinfónica Nacional. Si Elegía fue dedicado a su maestro de composición, Maremagnum tuvo como dedicataria a su madre Delia Rabal.

Recién en la década de 1990 Manuel Juárez regresaría al repertorio sinfónico, con una modalidad diferente, en un contexto musical diferente. Acotado a la familia de las cuerdas, Juárez, como ya señalamos anteriormente, reúne a sus dos mundos creativos, en el territorio de la música académica. Este Aire Popular N.º 1 explícitamente sale al encuentro del folklore. Según informa el programa de mano: “La obra está enmarcada en una estructura temática consistente en un tema de chacarera original en el inicio y en la parte central una vidala basada en una melodía anónima catamarqueña para luego y final reponer el tema A”.

La obra comienza con el mismo la que Maremagnum, pero una octava más grave.  Un si bemol tensiona rápidamente la armonía. Sin embargo,  en forma progresiva, el compás de tres cuartos sobre el que se sostiene el discurso musical va dejando escuchar la polimetría típica de la chacarera, que se produce con la combinación con la división de esas mismas seis corcheas en un compas de seis octavos. La sección se asienta finalmente en una chacarera impulsada por breve gesto melódico rítmico en el que la armonía, si bien continúa influida por esa segunda inicial, cede su peso tenso ante la la presencia clara de la polimetría de la chacarera. 

La inclusión del tema anónimo en la parte central da paso a un tipo de escritura politonal, clara reminiscencia de la escuela neoclásica de sus maestros y su primera etapa compositiva.  El violín solista se ocupa de presentar el tema de la parte B y, para salir de la sección de una lirica cadenza antes de regresar al tempo inicial y la chacarera.  La obra fue estrenada por la Orquesta de Cámara Mayo, dirigida por Mario Benzecry en 1994 y tuvo una reprise con las cuerdas de la Sinfónica Nacional y Simón Blech como director.

Este punto de encuentro, entre Manuel y Manolo, según lo que se ha dicho ya en otros trabajos que forman parte de esta presentación de su obra, había tenido lugar en el campo popular. Temas como la Chacarera sin segunda o la idea de utilizar las técnicas de variación motívica en el contexto del folklore de proyección dan cuenta de ello. En el caso de la producción académica, consideramos que la separación de mundos obedeció, en parte al espíritu de época dominante en la escena de la música contemporánea argentina desde finales de los 50 y potenciadas por la experiencia del CLAEM-Di Tella.

Juárez, produjo en esos años estos encuentros de campos. Pero de todos modos su obra académica continuó en términos generales dentro de la idea de autonomía y un apego al modo de pensamiento neoclásico. Por ejemplo en su obra Escorpio, para cuarteto de cuerdas, estrenada en 2005, Manuel Juárez siguió utilizando el método dodecafónico como herramienta técnica para la organización de las notas.

Si miramos nuevamente el listado de obras sinfónicas  y de cámara, encontramos un abanico de producción, en principio entre 1955 y 2009. A lo largo de cada una de las décadas Manuel Juárez mantuvo un ritmo pausado, pero sostenido de creación, en el que los formatos elegidos dependieron en parte de los devenires de la escena musical argentina y sus propios vínculos afectivos. Así, desde la composición de Soledades, en 1978 el camping musical Bariloche coordinado por Gerardo Gandini se tejió un vínculo que perduraría a lo largo de las siguientes años. La obra, para cuarteto también tuvo un dedicatario importante, su padre el escultor Horacio Juárez, gracias a quien tuvo una infancia en la que vio pasar por su casa a los mas destacado actores de la cultura nacional. 

En esa infancia poblada de tertulias sin tiempo, de escritores, poetas, artistas, músicos populares y académicos, Manuel aprendió un modo de vincularse que haría propio.  Compositor de dos aguas, pero hombre de la cultura y artista gregario, queda para estudiar en profundidad los vínculos sostenidos en el tiempo con colegas, maestros y discípulos. 

Con este “preludio a Manuel Juárez”, intentamos contribuir a abrir una de las puertas de una obra y una vida prolífica intensa con muchas aristas sociales, culturales, políticas y sobre todo musicales para pensar, repensar, escuchar y volver a hacer sonar.

 

Martín Liut es compositor y docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Doctor en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Quilmes y en Música, Historia y Sociedad por la Escuela en Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (EHESS). 

(A preliminary study of the symphonic and chamber works and pieces for solo instruments)

An overview of the titles chosen for the articles and obituaries written to mark the passing of  Manolo Juárez on 25 July, 2020, reveal the authors’ difficulties in summing up such a prolific artistic and professional career on the music scene in Argentina and overseas, which spanned the entire second half of the twentieth century and a good portion of the twenty-first. The texts themselves, however, successfully reflected his many different areas of activity: he was an amphibian pianist and composer active on both the folk scene and in symphony and chamber music, a maestro to numerous major musicians in different genres, the founder of pioneering educational institutions such as the Escuela de Música Popular de Avellaneda, and an enthusiastic participant in and creator of collective organizations that sought to defend and promote the rights of Argentine musicians. 

All these practices co-existed in an artist who, to paraphrase Borges, was a listener and passionate musical analyst first and foremost and a composer second. It came out that Manolo Juárez chose to leave this world listening to Chopin. As he himself said and his friends and students, which include this author, can confirm, even an incomplete musical map of his tastes would encompass an ample selection of the canonical European composers from the Baroque period to the 20th century, as well as many jazz composers. Both traditions sat polyphonically side by side with Argentine folk and tango. It wasn’t an unlimited universe: he wasn’t fond of cumbia or rock, which tended to bear the brunt of his celebrated ironic wit.  

When Juárez made the shift from listening to practice, his territory was defined by the modernist spirit of the past century and what in Argentina represented a boundary that could not be crossed: that separating popular from classical music. Like his friend and peer Gerardo Gandini, he argued that, especially in the field of composition, the two forms of creation were very different, although as a pianist and performer he was just as comfortable in each.

That separation was reflected in the way in which Juárez signed his different compositions. In his everyday life, teaching, collective activities and popular music praxis Juárez was known as and referred to by all as ‘Manolo’; for his compositions of symphony and chamber music – terms he preferred to ‘classical’, ‘academic’ or ‘contemporary’ music – he referred to himself as ‘Manuel’.  

Not quite a Pessoa-style heteronym, or artistic alter ego, the playful distinction between name and nickname, very much in keeping with his sense of humour, worked as a signpost to which section of his musical oeuvre he was inviting us to enjoy. 

In chronological and musical terms, Manuel came before Manolo as, as we shall see, he was classically trained. Manuel Juárez produced a body of work that, this preliminary study based on his recently digitized archive has thus far identified over thirty pieces written for the piano, solo instruments and an array of chamber and symphonic groups.  

It is a relatively small but important oeuvre. The size is the logical result of his extensive range of interests, which kept him otherwise occupied for much of his life: still pending is a study of the periods when Manolo took precedent over Manuel and vice-versa. In any case it would seem that as he switched from one genre to another, he was able to make equally significant contributions to both Argentine folk and classical music.   

In turn, we should also remember that Juárez the composer, in both fields, often took a back seat to the generosity and brotherhood he dedicated to his classes, organizing associations, taking part in competitions, preparing curriculums and running spaces within institutions such as Sadaic or the Fondo Nacional de las Artes. 

As regards his output in the field of classical music, its systematic study will be enormously facilitated by the archive of his scores, documents, concert programmes and recordings that his daughter Mora began to organize when her father was still alive, a process that continues even during the Covid-19 pandemic. 

Here we present a preliminary study, a prelude to future research that will allow us a deeper and more comprehensive understanding of Manuel Juárez’ work, an aspect of his life that is perhaps known in a more fragmentary, patchy way. First we shall examine the path established by his teachers and the musical scene in Argentina in the middle of the past century. Drawing on the foundation of the pieces that have already been catalogued, we shall offer an overview of the oeuvre by examining the titles he chose for them. And to round it off we shall focus on three orchestral works.  

 

A cosmopolitan education in a modernist music scene 

 

It is typical in classical concert programmes for composer biographies to begin with what might be described as a lineage, the line of teachers and maestros from whom the subject learned the theory and practice of music. 

We believe it will be more useful to forgo a mere list of names and instead analyze the context in which these maestros worked, the music scene in 1950s Argentina, which was crucial to the artistic formation of Manuel (and Manolo) Juárez.  

Born in Córdoba in 1937 but having moved at an early age to the La Paternal neighbourhood in Buenos Aires, Manuel Juárez was part of a generation that was able to count on a classical musical education that we might describe as cosmopolitan and internationalist.  

Juárez was born in the final of what the historian Eric Hobsbawm described as the ‘Era of Catastrophes’. The period began with the Great War of 1914-1918, continued with the stock market crash of 1929, followed by the rise of fascism in Germany, Italy and Spain in the 1930s and came to a climax, and end, with the Second World War (1938-1945). 

During that period, the mass European emigrations for economic reasons seen after the turn of the century had given way to exile due to racial, religious and political persecution by authoritarian regimes. This migration included numerous musicians from the Old World who settled across the Americas, with a significant number coming to Argentina.   

In the 1940s and 50s ‘classical’ Buenos Aires music was produced by a cosmopolitan network of performers, composers and educators who created a diverse array of spaces in addition to the well-established conservatories. 

Manuel was thus able to take piano classes with the pianist and educator Ruwin Erlich (1901-1969), the composer Honorio Siccardi (1897-1963) and the composer and educator Guillermo Graetzer (1914-1993). 

Honorio Siccardi was born at the end of the 19th century to a family of Italian immigrants. He was trained by leading proponents of the Argentine nationalist movement before completing his studies in Italy, at the Parma Conservatory.  Siccardi was part of the Grupo Renovación (Renewal Group) movement, which was active between 1929 and 1944. The young composers of the GR, says Omar Corrado ‘would pave the way for the establishment of modernism in 20th century Argentine music.’ 

The Jewish pianist Ruwin Erlich, born in Kowel, currently Ukrainian territory, was working as an assistant professor in the Piano department of the Vienna Conservatory, when he emigrated to Buenos Aires in 1938. Manuel Juárez’s piano maestro would not only interpret and teach the classic European repertoire in Argentina, he also was an active participant in the concerts organized by GR. According to the musicologist Silvia Glocer, the pianist offered first auditions of composers such as Shostakovich, Britten and Ficher, the latter also an émigré who was part of the GR.

Graetzer had studied in Berlin with Paul Hindemith and in Vienna with Paul Pisk (a disciple of Schönberg) and had also emigrated in 1939, fleeing the Nazis. Graetzer was an influential educator who brought a version of the Orff Method to the region and in 1946 created the   Collegium Musicum de Buenos Aires, whose syllabus was based around the practice.

For an aesthetic understanding of what these masters passed down to Juárez, we should first examine the profile of Siccardi and the Grupo Renovación. The Group was one of the local proponents of neo-classicism, an aesthetic movement whose epicentre was in Paris that would be a strong influence on Argentine classical music from the thirties onwards. Said group challenged the hegemony of the nationalist movement from a modernist perspective. The Second Vienna School would arrive later in Argentina through Juan Carlos Paz, who had initially been a founding member of the Grupo Renovación and subsequently became a committed proponent of Viennese serial music as part of the Agrupación Nueva Música (New Music Group) in the mid-fifties.

The early pieces and youth of Manuel Juárez, from the mid-50s onward, occurred during the decline of the nationalist movement in music in Argentina as its leading exponent, Alberto Ginastera was transitioning into a more pan-American outlook initially before eventually taking a cosmopolitan position. In fact, neo-classicism had ended up influencing, through the work of  Bartok and Stravinsky not just the modernists but also later generations of musical nationalism such as Ginastera. 

Manuel Juárez’ first pieces for the piano reveal the neo-classical influence: Toccata from 1955, Preludio y fuga (Prelude and Fugue) from 1956, and Pequeña Suite (Little Suite) from 1958 all bear the hallmarks of the ‘retour a Bach’ and the Baroque revival that had begun with the Grupo Renovación in 1930 and was regular practice by the 50s.

It is now important to briefly go over the complex aesthetic path taken by composers across the Americas in the context of the Cold War. In the USA, composers such as Igor Stravinsky and Aaron Copland had ended up adopting the twelve-tone method conceived by Arnold Schönberg. In part this was due to its usefulness as an abstract refuge from politics. It was also a symbol of technical modernity as it was encouraged in the West and questioned in the Soviet bloc. Classical pan-Americanism composers would thus be strongly influenced by an autonomous, internationalist aesthetic differentiated from the local perspectives of earlier nationalist trends seen in the first half of the twentieth century.    

This cosmopolitanism would continue and consolidate itself throughout the 1960s. Although in Europe and the USA avant garde movements would continue to push the boundaries of music, the twelve-tone technique would remain to be a sign of cosmopolitan modernity across the scene, Argentina included. 

Musical nationalism in classical Argentine music would lose its hegemonic place in the same decade as the emergence of the ‘folk boom’.  Folk took a federal route to acclaim: it was recorded on albums and on the radio, television and cinema as well as during the Cosquín Festival, which established this little town as the ‘national capital’ of the scene. Meanwhile classical musicians explicitly set themselves apart from all forms of popular music right through until the end of the 20th century but especially with regard to folk and tango, which they regarded as aesthetically inferior. During this time, Ginastera was a key figure. As founder of the Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, (Latin American Centre of Higher Musical Studies, CLAEM) at the Instituto Di Tella, with its international reputation and the aura that came with the censorship of his opera Bomarzo, he played a leading role in the eclectic use of the composition techniques available at the time.  

And so it is eminently understandable that the box of compositional tools used by Manuel Juárez in his pieces from the 60s would include the twelve-tone technique and the use of randomness, for example in his key symphonic work Maremagnum, from 1974, to which we shall return later on. 

While the folk boom allowed for the rise of a trend that would very soon include Manolo Juárez, the international and national musical scene that began to be known as ‘contemporary music’ consolidated its turn toward abstraction and differentiation from popular music. That is crucial to understanding why not just Juárez but many of his peers observed the separation between popular and classical spheres during these years.  

It is here that an approximate overview of Manuel Juárez’ complete catalogue will allow us to show how that posture evolved, at least partially, in the 1990s. During that decade, in a music scene that was now more permeable to influences and cross-overs, a space opened up for the two musical worlds in which at the end of the day the same Juárez had always resided.   

  • An approximate overview of Manuel Juárez’ catalogue of symphony and chamber music and pieces for different solo instruments

 

TitleYearInstruments
Symphony
Elegía1969Orchestra
Maremagnum1974Orchestra
Aire Popular Nº 11994String Orchestra
Movimiento1995String Orchestra
Chamber
Dos piezas para trío1959
Desplazamientos 19673 trumpets, 3 trombones, piano and percussion
Cinco canciones1967Mezzo and chamber group 
Condensaciones 1971Bandoneon and chamber group 
Condensaciones II 1972
Soledades1978Flute, clarinet, violin, violoncello
Tres piezas para quinteto 1982Quintet
Collage Nerudiano 1985Contralto and piano
Nerudianas1986Voice and instruments
Nerudianas II1987Voice and guitar
Escorpio 2005String quartet
Reducción cuarteto de cuerdas 
Cuarteto String Quartet
Pieza para cuarteto 
Solo instrument
Tres piezas para flauta 1969Flute
For Gab1972Flute and electronics
Dos por 1985Flute
Shakar…¿era? (Aire popular N.º 2) 1993Marimba
Aire Popular No. 31993?Marimba
Sagitario1993Violin
Piano
Tríptico para piano 1955
Toccata1955-56
Preludio y fuga 1956
Preludio 1957
Pequeña suite1958
Alturas1981Two pianos
De los tonos enteros1981Two pianos
Resonancias1981Two pianos
Mutaciones1989
Tango N.º 1 (estilo popular)
Tauro2003
Tres reflexiones sobre el Tristán2009
Dos piezas para dos pianos 
Other
Laurel Peregrino (Pilgrim Laurels)

 

The list presented above should be taken as an initial working sketch while the organization, cataloguing and archival process continues. In principle it numbers thirty-five pieces for symphonic and chamber groups and solo instruments.   

While Juárez’ career as a popular musician can be charted through his studio albums, live recordings and audiovisual records, his classical work begins with his scores. 

Some of them were released commercially (generally, the orchestral pieces because the publishers make an effort to lease general and partial scores), others remain solely in the author’s personal archive. In keeping with technological developments in music, we begin with sheet music in neat, flowing handwriting before the transition into digital files. Many of the pieces were recorded live but not for commercial release although some were made into records. That is true of the works included in the Panorama Argentino de la Música, a quixotic quest to produce comprehensive panorama by Ivan Cosentino’s IRCO label, as well as those played by ‘Linea adicional’ (Additional Line), and the CEAMC Quintet. 

An overview of the titles of the different pieces reveals a preference for ‘inward’ names that speak to the music itself, emphasizing its autonomous nature.  

For example, he often limits himself to a description of the group and the number of parts: Three Pieces for a Quintet, Two Pieces for the Trio, Three Pieces for the Piano, Three Pieces for the Flute, Small Suite, Quartet, etc.   

Other titles mention genres and/or composition techniques: Elegy, Small Suite,  Prelude and Fugue, Toccata. In these cases, as we’ve noted, the titles reveal the influence of the Argentine neoclassical music scene instilled in him by his maestros. Some of the titles refer directly to the parameters of the music such as Pitches and On Whole Tones, for two pianos. There is a parallel between these formal, technical and/or generic titles and his famous Chacarera sin segunda, an initial link with the Juárez who wrote popular music.  

We can group another series of pieces with just one word titles that can be generally understood as having two or three meanings. They might be poetic, metaphorical ideas or analogous to the formal processes that appear in said works. Thus Elegy and Maremagnum, Mutations, Condensations and Resonances provide an ‘interpretative clue’ to the listener while remaining within a purely musical sphere.

There are a few rare but significant pieces in which Manuel appears to opening the door to Manolo so that the worlds of classical and popular music can come together for a while. This is true of  his three Popular Airs, all of which were composed in the 90s. The jolly Popular Air No. 2 for the Marimba’s main title is: Shakar was?. There is also Tango No. 1 (in the popular style) which opens a window onto a musical genre that Manolo listened to and loved although he very rarely played it himself. It resulted from a project in which he brought together different interests and affinities: Haydée Schvartz with her International Tango Collection, who were accompanied by the members of the Linea Adicional collective (Mariano Etkin, Cecilia Villanueva, Erik Oña,  Gabriel Valverde and Juárez).

Most of his classical output is instrumental, another coincidence with his popular work. Instrumental pieces also dominated his folk music, he even did voice-less versions of famous songs, which appeared more commonly than those featuring a singer. In this realm of classical output we find Five Songs, and a three-piece saga inspired by Pablo Neruda’s poetry. 

There is also a potential ‘Zodiac’ saga that one suspects had private meaning: possibly dedications linked to birth signs. There’s a work whose title it’s a dedication: For Gab, a piece for flute and electronica dedicated to Gabriel Sorin, in jazz-style English, reminding us of pieces from his popular oeuvre with dedications, such as that to Daniel Homer. 

The works can also be organized using different conceptual approaches, for instance, inter-textuality, as is made explicit in Three Thoughts about Tristan for the piano, or those that refer to Baroque or popular music. We can also study the works that are specifically dedicated as memorials, which include those for his father, mother and his composition teacher Honorio Siccardi.

We can thus conclude from this overview of the titles of these classical works that the main intention was to produce autonomous, formal music, although there were some cross-overs with his popular output. 

 

First impressions: on the symphonic repertory 

 

Following this general overview, we can now move on to some initial thoughts about three pieces in Manuel Juárez’ symphonic repertory for a closer look some of the aspects mentioned above. 

It is habitual for symphonic concerts to be accompanied by program notes containing texts about the music that is to be played, often written by the composers themselves. In this first venture into the Manuel Juárez archive we find that the composer wrote several of these texts to accompany the premieres of his music.  

As far as we could find out in a first sight into the archive, Manuel Juarez himself took care of writing the texts, or informing the commentators who did so. In these texts, directed at the public, a descriptive approach of a formalist type predominates, which continues with what has been observed with respect to the titles of the works. 

Continuing the chronological approach, we shall move on to brief discussions of Elegía (1969) and Maremagnum (1974) both of which were written for a full orchestra, and Aire Popular N.º 1 (1994) for the string orchestra.

Elegía premiered on 10 November, 1969 played by the Philharmonic Orchestra of Buenos Aires, which was conducted by Bruno D’Astoli. It featured in a concert organized by the Association of Young Composers, which Juárez joined in 1957.  For his first symphonic work, Juárez decided to pay homage to his maestro Honorio Siccardi, who had died in 1963.  He did so through an elegy; originally a lyrical poem of lament that had long been adopted by musicians to describe their own homages. The elegy format allowed him to establish a dialectical dialogue using the twelve-tone technique.   

As was common among composers of the time, the twelve-tone technique was a technical style used to control the intervals within a non-tonal space at both horizontal and vertical levels. 

According to the programme notes: ‘Far from the rigorous orthodoxy that might determine the basic statements of the procedure, Juárez uses the material freely, addressing the series as a leit motiv occurring within a context where it is matched with the harmonies and timbre of the neo-classical aesthetic.’

The orchestration does indeed evoke the aesthetic he learned from Siccardi and other maestros from the neo-classical movement, making the twelve-tone approach a structure for a non-tonal interval although the dissonance is never extreme. The dominant tone has a sustained gravitas with a mostly slow, sombre tempo and an elegant orchestration.  

For his second orchestral piece, in contrast, Juárez decided to try his hand at a very different style and dynamic. Maremagnum is a powerful, ambitious exploration of the range of possibilities that a symphony orchestra has to offer. Although this too has a slow tempo, there are several powerful orchestral tutti, explorations of extreme registers, combinations of different small groups and intensive, differentiated uses of the various orchestral families.  

Along with the overall score, Manuel Juárez left a map that clearly shows the formal strategy of the work, which is organized as a succession of theme and variations but in a way that is connected to the path of the orchestration and the distribution of the climaxes of the piece:

 

If the definition of Maremagnum is ‘abundance, greatness, confusion; a profoundly mixed crowd of people or things’, the map reveals how carefully Juárez thought about the temporal layout of the piece to achieve just that effect. This plane (in which a few scribbled notes can be seen), provides a summary of a work that in reality cannot be segmented so easily. The sections sometimes cut from to the other but at others merge and the curves of tension are far from linear.   

According to the program notes, the core of Maremagnum is the second of the work’s three climaxes (which the formal map indicates along with the time changes) ‘in which traditional and random elements recur’. 

The pitches are organized once more according to Schönberg’s method but Juárez uses eleven tones rather than the traditional twelve tones row. In contrast to the series chosen for Elegía, the one in Maremagnum places the emphasis on manifestly dissonant intervals which he also uses both horizontally and vertically in a way that allows the harmonic tension to grow much sharper. By way of an example, here is a section of the score for the group of flutes and oboes. In bars 8 and 9 the piccolo has two succesive upwards major sevenths.

 

 Maremagnum begins with unison on A and changes ‘colour’ through a succession of instruments that each play the note. The presence of a bell over the note indicates a crescendo that builds into a universe of non-tonal pitches full of dissonant intervals and tension that accumulates in the first Tutti. 

In the choice of this network of pitches we find the classical composer Manuel Juárez at his furthest from  Manolo Juárez who by the 1970s had begun his folk career. However, examining the way in which the orchestration uses the percussion and the different internal voices of the orchestra, we believe that the two have more in common than the sharp, jarring non-tonal harmony might indicate when one first hears it.

The harmonic tension, dynamic intensity and violence of the climax stand out in a piece that should be studied in greater depth to take into account the social and political context: the energy contained in the music might very well reflect the turbulence of that time in South America. 

In any case, it is an accomplished piece in which Manuel Juárez unleashes his full talent as a symphonic composer. This is manifest quite apart from the awards and honours it won (Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires for the best piece for a symphony orchestra in 1975 and First Prize in the symphony category in the extraordinary competition for composition from the Fondo Nacional de las Artes in 1976). In a rare occurrence in the world of symphony orchestras, Maremagnum was played four times under different conductors: the Mexican conductor Carlos Chavez as well as Juan Carlos Zorzi and Pedro Ignacio Calderón for the Philharmonic Orchestra of Buenos Aires and the National Symphony. Where Elegía was dedicated to his composition maestro, Maremagnum was dedicated to his mother Delia Rabal.

Only in the 1990s would Manuel Juárez return to the symphony repertory when he would use different methods in a musical context that had changed markedly. Restricting himself to the string family, Juárez, as we noted before, brought his two creative worlds together in his classical output. Aire Popular N.º 1 explicitly references folk music. As the programme says: ‘The piece is framed in a thematic structure consistent with an original chacarera tune at the beginning and, in the middle section, a vidala based on an anonymous melody from Catamarca before returning to theme A.’  

The piece begins in the same way as Maremagnum, with an A but an octave lower. A b flat rapidly adds tension to the harmony. However, the 3/4 measure  makes room to the polymetry typical of the chacarera, which occurs in combination with a 6/8 time signature. The section eventually settles into a chacarera driven by a brief melodic and rhythmic gesture on the violins: 

 

The inclusion of the anonymous tune in the central section gives way to a kind of poly-tonal score, a clear nod to the neo-classical school of his maestros and early compositional years. The violin solo introduces the theme in part B and coming out of the section there is a lyrical cadenza before the return to the initial tempo and the chacarera. The piece was premiered by the Orquesta de Cámara Mayo, conducted by Mario Benzecry, in 1994 and was played again by the string section of the National Symphony under the conductor Simón Blech.

This coming together of Manuel and Manolo, as has been noted in other texts in this introduction to his work, had already occurred in the popular realm. Pieces such as Chacarera sin segunda or the concept of using varied motif techniques in folk music are proof of that. In the case of his classical output we believe that the separation of worlds was in part due to the general mood of the Argentine musical scene from the late 50s onwards, exacerbated by the influence of   CLAEM-Di Tella.

Juárez did bring the two together at times during this period but generally speaking he continued to keep his classical output autonomous, staying true to neo-classical ways of thinking. For example, in his piece Escorpio for a string quartet, which premiered in 2005, Manuel Juárez continued to use the twelve-tone method as a technical tool to organize the notes. 

 

If we take another look at the list of symphony and chamber pieces, we find a range of output that mostly fell between 1955 and 2009. Throughout each of these decades Manuel Juárez maintained  a slow but steady stream of output in which the chosen formats depended in part upon the vagaries of the Argentine musical scene and his own interests. For instance, following his composition of  Soledades, in 1978 the Bariloche musical camp run by Gerardo Gandini marked the beginning of a bond that would last for the rest of his life. The piece, also for a quartet, had a significant dedication: to his father, the sculptor Horacio Juárez, thanks to whom his childhood was populated by major figures in Argentine culture. 

During that childhood of endless gatherings of writers, poets, artists and popular and classical musicians, Manuel learned a way of connecting with others that he would make his own. A composer who wore two hats as well as being a man of culture and gregarious artist, his relationships with colleagues, teachers and disciples require further study.  

In this ‘Prelude to Manuel Juárez’, we have tried to make a start on opening the doors to a body of work and intensely prolific life of many different facets: social, cultural, political but most of all musical, that deserve to be considered, reassessed, heard and played over and over again. 

 

Martín Liut (UNQ-UBA)